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Irse con las amigas

January 30, 2017

Autorx: Nicolás Cuello. Activista, Investigador, Archivista. Fue parte del colectivo Putos Mal y, actualmente, conforma la Asamblea de Maricas y Bisexuales en Buenos Aires, Argentina. Este texto fue publicado en el fanzine “Marica” (2013) de Putos Mal. Es parte del sello editorial queer Sentimientos de Urgencia.

 

 

Cuando pensé en esta pregunta que circulaba entre nosotrxs sobre por qué NO somos hombres pensé en eso que entendemos con mis amigxs que hacemos algunxs putos: fugar de la trampa normada del género. Pero mientras más repetía la pregunta, y le daba mayor espacio en mí, hubo otra serie de asociaciones que también tuvieron lugar. Como lo personal es político, dicen las guerreras, elijo compartirlo.

 

Durante todo el transcurso de mi infancia fui sometido a un grupo de preguntas específicas e insistentes: Pero vos… ¿sos hombre o no? ¿Qué te pasa, sos puto? ¿Qué sos, maricón que lloras tanto? ¿Cuándo va a ser el día que te hagas macho? Y ¿por qué no pones los huevos sobre la mesa y hacés lo que tenés que hacer? ¿Cuándo te vas a defender?

 

Esas eran las preguntas más rankeadas que funcionaban como eco en una comunicación llena de resentimiento entre mi papá y yo, pero también con los demás hombres que me rodeaban (pequeños hombres en formación en la institución escolar, club, barrio, etc). Hoy el panorama es otro, pero en aquel entonces en mi vínculo con los hombres siempre, como un ruido eterno, me reunían estas heridas. La prueba, la explicación fáctica del porqué de mis acciones y la construcción de mi cuerpo, las elecciones estéticas que hacía para mí mismo, y el examen y la rendición de cuentas de por qué no podía alcanzar a comportarme como debía hacerlo: como hombre. Nada de lo que hacía, ni de lo que pensaba, ni de lo que soñaba en voz alta, me hacía un hombre. Fueron muchos años de sentirme frustrado porque jamás pude ocupar el lugar que debía, nunca pude colmar expectativas, y no tuve oportunidad de ser algo más que una proyección. El cúmulo del pasado frustrado ajeno. Cuerpo dócil al que nunca le preguntaron sobre su deseo.

 

Ahí empieza mi fuga.

 

Escapar a esto empezó con mucho silencio y ensimismamiento. Mucho tiempo conmigo mismo, pensando, y preguntándome a más no poder. Caminos llenos de cosas que no me afectaban en nada, quedaban atrás. Perdí mis primeros amores escondidos atrás de la imagen de “mi mejor amigo”, perdí compañía, recuerdos, y alguna que otra experiencia que funda lo común en la niñez. Pero lo más importante para mí en esos años fueron mis renuncias. Renuncié sin vuelta atrás a ese ejercicio de masculinidad hegemónica que jamás pude poner en práctica, y que siempre detesté; renuncié a comer carne y dejé atrás todo ese capital cultural de transferencia que hay entre los machos y su comida, su asado tradicional; renuncié a la vulgaridad de esa adolescencia marcada por la nada, por el deporte vacío, por la lógica de la competencia y de la demostración acompañada de la destrucción ajena; renuncié a muchas palabras y a muchas personas. Y cada vez mientras más crecía fui menos hombre. Todo lo que elegía me mostraba otra dirección.

 

Después de todo este tiempo aprendí por qué no soy hombre, y nunca quise, ni deseo serlo: porque no ocupo ese lugar en la sociedad heterosexual, y no me interesan sus privilegios. Ni mi deseo ni mi cuerpo, ni mis ideas, ni mis sueños, nada de esto, tiene que ver con ser hombre. No soy parte de ese pacto de transferencia del poder. No formo alianzas con esos ejercicios fascistas de llamado al orden. No soy cómplice de esas violencias constantes que arrogan las masculinidades en este mundo. Por eso no soy hombre. Porque renuncié a la violencia como único lenguaje, a la agresividad y la imposición como gesto continuo, y a la soberbia del derecho por el solo hecho de tener un pene. No me interesa nada de esto. No soy hombre, porque los hombres creen ser el único sujeto de la historia a fuerza de silenciar toda expresión de vida que no sean ellos mismos. No soy un hombre porque no considero inferior, ni reprimo la feminidad ajena, ni la propia. Porque no me interesan los legados, las herencias, el orden absoluto, ni la reproducción como fin último. No soy hombre porque los hombres se otorgan el don de la palabra, la totalidad del saber, y sobreestiman cada una de sus experiencias en detrimento de cualquier otro sujeto/sujeta. No soy un hombre porque los hombres censuran el placer anal y yo estoy orgulloso de mi culo y de todo lo que me hace sentir. No soy hombre porque ser hombre en esta sociedad compulsiva y violentamente heterosexual significa un deseo que no pronuncia mi existencia, no me da lugar, ni genera la posibilidad del desarrollo de ninguna de mis potencias ni mis afectos. No soy hombre porque no quiero ser jefe de familia, porque la familia que tengo es constelativa, crece día a día, y en ella aprendo a ser libre de forma colectiva con mis amigas. Y, finalmente, no soy hombre porque a diferencia de años de disciplina y silenciamiento, me interesa recuperar la sensibilidad como forma de habitar el mundo, la fantasía constante de la amistad desenfrenada y revuelta, la delicadeza de la forma curva y gorda de mi cuerpo, y de mi fragilidad, porque no necesito fingir que puedo con todo.

 

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